“Si no esperas lo inesperado, no lo reconocerás cuando llegue.” (Heráclito de Éfeso)

Si siempre suceden los mejores hallazgos mientras se estaba buscando algo totalmente diferente, ¿por qué utilizar nuestro tiempo quejándonos de las cosas que no nos gustan, en vez de empezar a cambiar?

Buscar explicaciones de por qué no sucede lo que queremos, o inventar excusas de por qué no lo intentamos, consume mucha más energía que dar un paso en cualquier dirección. Mantenernos en nuestra zona de confort es el hábito favorito de nuestro cerebro, pues es ahí donde se siente seguro: todo es conocido y todo está bajo control. Pero, si no nos movemos, no descubrimos. Si no salimos de nuestro caparazón, nunca sabremos cuan maravillosas son las realidades que están esperando fuera.

Si pretendemos que algo cambie, tenemos que empezar cambiando nosotros. El propio movimiento, la iniciativa, ya trae implícitas una seria de sinergias que harán que las piezas del puzle se recoloquen automáticamente. O que se descoloquen. Dar un paso al frente, independientemente de la dirección, ya hace que te sitúes en otro punto, en otro momento, y esto implica que mires al mundo de manera diferente: desde otra perspectiva.

Tienes que querer mirar las cosas de otra manera, para ver la realidad de una forma diferente. Encontrarás entonces detalles que hasta ahora habían pasado inadvertidos. Descubrirás momentos, lugares y emociones que te abrirán la puerta a las casualidades más bonitas. Decídete a dar el paso, hazlo única y exclusivamente por ti, y déjate sorprender por las casualidades tan bonitas que te encontrarás en el camino: las serendipias.

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